Marzo de 2015, siete meses
después, definitivamente estoy en condiciones de decir que la herida no cierra,
ni cerrará en el corto plazo. Ni los campeonatos sub 20 en Uruguay, ni cuatro hipotéticas
Libertadores consecutivas con River, ni
la Copa América, ni los feriados largos, ni los precios cuidados, ni una
medalla olímpica en Brasil, podrán cicatrizar esa final perdida con Alemania aquel
domingo 13 de Julio de 2014 en el Maracaná.
Pasan y pasan los meses y la
sensación sigue siendo la misma, está intacta, fresca, presente y cuando uno lentamente
se olvida de aquel fatídico día, de repente algún protagonista ya sea del vencedor
o del lado vencido declara algo que me remonta a esa tarde. Si no es Goetze es
Palacio, si no es Messi es Kroos, si no es Mascherano es Higuain…
No alcanza, no es
suficiente, el penal atajado a Gigliotti
y la Recopa, son sólo unas simples dosis de morfina de esta tristeza que me
acompañará por el resto de mi vida.
Esta sensación de tristeza es tan
profunda que cada vez que veo la camiseta azul alternativa de la selección, me
genera un vacío y un malestar en el estómago que solo se diluye pensando en la
letra de alguna canción noventosa preferentemente de los Parchis o Azúcar
Moreno.
Es como la muerte de un familiar
de segundo grado, es hasta incluso peor que el descenso, porque esa es la gran
diferencia entre una temporada con el club de tus amores y un Mundial, mientras
que en un torneo doméstico te recuperás de los traspiés en un año, el mundial te
da revancha cuatro años después.
Ya no me interesa la consagración
profesional, la salud, el auto, la formación de una familia, solo le pido a
Dios, Ala, Sai Ba Ba, Ganesha o Kung Lao, la posibilidad de ver a Argentina
Campeona del mundo. No debe existir placer más grande que ese, ya que tu país estaría
en la cima del deporte más importante del Universo durante cuatro años. Hay
cosas que llegan solas con el paso del tiempo, el primer amor, un trabajo
reconfortante, un hijo, la casa, el viaje a Disney para ver a Goofy , un logro
personal, todo eso es parte de la vida,
las buenas y las malas son en sí hechos de nuestra experiencia en este mundo.
En mayor o menor medida todo llega, en distintas intensidades y contextos, todo
está ahí dando vueltas a punto de caer o posponerse, pero un mundial no.

El mano a mano de Higuain, el
sombrerito fallido de Palacio, la de Messi contra el palo, son como los
Flashbacks de Rocky cuando vuelve de Rusia tras la pelea con Drago, los
recuerdos de Ashton Kutcher en el Efecto Mariposa o los tatuajes en Memento.
Y sigue, sigue y seguirá hasta
Rusia 2018 o Qatar 2022. Permanece, se
retuerce, y se acrecienta como una enfermedad terminal cuya única cura es que
algún capitán representante de la selección nacional levante esa copa, maldito
trofeo que le da la razón de existir a muchos, incluido este descerebrado que
escribe. Pero, el motivo de este artículo no está basado en hacer una catarsis pública
ni mucho menos en revelar los más oscuros y mediocres pensamientos de mi psiquis.
Hoy quiero expresar mi
indignación hacia aquellos cipayos, pero no los de índole política, económica o
burocrática que vendieron el país. Desafortunadamente se ha escrito mucho de
ellos desde la época de las invasiones inglesas hasta nuestros días. La razón
por la cual escribo estos párrafos es para expresar mi profunda indignación
hacia aquellas personas que denominó como “Cipayos futbolísticos”.
Tras ausentarme del país durante
casi tres años, volví del viejo continente con un espíritu de argentinidad renovado,
potenciado, inmenso, que me hace ver todo bien.
Es por esa circunstancia que pienso que estamos en el país más grandioso
del mundo. No me importa si los choferes del 71 nunca sonríen, si el pibe del
kiosco se hace la América cobrándote ilegalmente un peso por la recarga de la Sube,
si el Clight Manzana deliciosa aumenta cada semana o si el santiagueño de la
esquina se divierte como nene en pelotero hablándote de la sección policiales.
Esto no me afecta, ya que veo todo color de rosa, perfecto, maravilloso, como
si estuviera en una luna de miel mental. Pero, el problema no es lo que acabo
de describir, lo que me entristece es la falta de sentido de pertenencia de
muchos personajes urbanos que utilizan la camiseta de Alemania para pasearse
por la calle.
No lo puedo concebir, no me entra
en la testa, lo veo inadmisible ya que es inclusive peor que vestirse con una casaca
de Inglaterra. Al menos a los británicos los tenemos de nietos en el futbol, ¿pero Alemania? , ¿la misma que nos dejó
afuera en tres mundiales seguidos?, ¿la misma que nos robó en el 90?, ¿la misma
que se burló de nosotros en los festejos de su último mundial?. Es tan inexplicable
y burdo como si viese a alguien usando una camiseta con la insignia “Keep Calm
and Support Margaret Tatcher”.

Todo comenzó un día cuando me
dirigía hacia el barrio porteño de San Telmo. Previo pasó por el Microcentro me
crucé con un joven de unos quince años que lucía una camiseta blanca de
Alemania. Sus números estaban muy desgastados, estimo que por el frecuente uso
de la misma. Inicialmente me ofusqué un poco, pero, teniendo en cuenta su
prematura edad y su obvia falta de contextualización me apiade internamente de él.
Continúe rumbo hacia el barrio empedrado, con una mueca que se esfumó con el
paso de los minutos.

Una semana después, ya asimilado
el shock de ver la camiseta de Ozil en el microcentro, me topé en el barrio
porteño de Almagro con un señor de unos treinta años que estaba paseando a su
hijo con la misma casaca que utilizo Alemania en la final del año pasado. No lo podía creer, sentí una gran decepción
ante mis ojos, pensé que ya no era una casualidad, ya no era uno, eran dos las personas
que tenían entre sus pertenencias la camiseta teutona. La misma que debería ser
prohibida y vetada del acceso al público local. El caso aislado comenzaba a
hacerse tendencia, silenciosa, pero tendencia al fin.

Continúe a paso firme hacia la
parada del gran y contundente 15, Ramal Benavidez. Me senté en el fondo. Necesitaba
aire fresco para comprender tamaña traición a nuestros colores. Pasaban los
minutos y el siempre efectivo y veloz 15 arribaba a las inmediaciones del
puente Saavedra. Ya había pasado el temblor, ya empezaba a comprender que esta
tendencia silenciosa, no era más que una consecuencia de los metamensajes de
los medios masivos, y que aquellas dos personas no eran más que víctimas del
bombardeo mediático ejecutado por las súper potencias occidentales.
Chomsky, Laclau y Galeano me consolaban
en mi pequeño rincón del transporte público y me hacían entender que nada es
casual. La calma volvió, atrás quedó ese mal momento que me tocó vivir en el
barrio de Alfonsina Storni, hasta que nuevamente y pocos a metros de distancia de mi asiento apareció
otro cipayo futbolístico con la indumentaria alemana. Tras decir “3,50” se
sentó en el primer asiento para embarazadas y discapacitados vistiendo el
uniforme germano de la edición “Eurocopa 2008”. Ya no era una cuestión de clase
social, ubicación geográfica o ascendencia étnica. Esa camiseta de por entonces tres estrellas (hoy
cuatro) comenzaba a ser protagonista de mi cotidianeidad porteño-bonaerense. Flores,
Almagro, Vicente Lopez, Puente Saavedra, el Microcentro entre tantos otros
lugares eran testigos de esa traición a nuestros colores, a nuestra historia, a
nuestros próceres que tanto lucharon por poner en alto nuestra bandera.

Los símbolos de la selección
alemana están en todos lados, en un bolso, en un pantalón corto, en una carcasa
de celular e incluso en una estampa con el nombre de Klose, quien nos viene
haciendo servicio completo desde hace varios mundiales.
Para finalizar, quiero aclarar
que no es mi intención estigmatizar a esas personas que se pasean alegremente
con los colores de la selección que nos arrebató tantas alegrías. Pero, no me
gustaría pensar que como argentinos nos estamos convirtiendo en cipayos
culturales, no solo en lo socioeconómico sino ahora también en lo folclórico. Somos
una potencia en materia futbolística como en tantas otras disciplinas, es por eso
que me pregunto, el porqué de la admiración encubierta hacia otros colores que
no tienen nada que ver con nuestro ADN social.
El paso del tiempo y mis
conclusiones, me llevarán a determinar el porqué de este fenómeno que no parece
detenerse y no discierne entre edad, condición social, status económico o
ubicación geográfica. No en vano dijo alguna vez, Arturo Jauretche: “Si malo es
el gringo que nos compra peor es el criollo que nos vende”.