Se acerca otro fin de temporada y el séptimo arte argentino tiene sobrados motivos para festejar. El cine nacional que este año rompió record de taquillas de la mano de títulos como “El Clan” de Pablo Trapero (1.100.000 espectadores), “Abzurdah” de Daniel Goggi (783.000), “Sin hijos” de Ariel Winograd (481.000) y “Papeles al viento” de Juan Taratuto (382.000) sigue mejorando en cantidad y calidad generando un efecto derrame en las salas que cada vez cuentan con más adeptos a la pantalla grande argenta.
Este 2015 que empezó con la difícil misión de mejorar la performance del buen 2014 (“Relatos Salvajes”, “El misterio de la felicidad” y “Betibu”) deja un saldo muy positivo en el nivel de las películas y su repercusión en el público que paulatinamente le está tomando cariño a lo propio.
Si bien el Cine nacional esta años luz de recaudar lo que las superproducciones norteamericanas facturan (Solo “Minions” convoca más que todas las nacionales juntas), la sociedad argentina de a poco está comenzando a mirar con menos recelo el producto nacional que antiguamente carecía de protagonismo en las salas. Hoy en día el éxito comercial de una película nacional ya no depende del protagonismo de Ricardo Darin, Hector Alterio o Luis Brandoni por lo que el presente escenario es más que alentador.
Cantidad y calidad es lo que hoy el cine argentino ofrece a sus espectadores y eso se nota en la percepción del público. Actualmente, es más fácil escuchar en una charla de asado con amigos expresiones como “Muy buena la última de Trapero”, “Como me reí con Piroyanski” y “Mírate la última de Peretti” que las nefastas frases hechas de “No me gusta el cine nacional” y “Solo veo las de Darin”.
A las ya mencionadas películas argentinas que han convocado a cientos de miles de espectadores debemos agregar cintas de no tanta repercusión pero de un nivel artístico notable que surgieron en este 2015. “Voley” del actor y director Martin Piroyanski, viene a rellenar el formulario de película cómica que desde “Tiempo de valientes” nadie completó; “El patrón, radiografía de un Crimen” de Sebastian Schindel nos cuenta en un drama policial de manera explícita las miserias y explotaciones laborales que un santiagueño (Joaquín Furriell) debe padecer; “El Incendio” de Juan Schnitman nos deja sin respiro en un drama psicológico de pareja con una atmosfera igual de tensa a la de “El asaltante” de Pablo Fendrik y “Showroom” de Fernando Molnar devela la difícil situación de volver a empezar a los 50 en una sociedad que impone como modelo de vida el éxito económico y material.
Sin dudas este es el camino que hay que seguir para no volver a décadas cinematográficamente pobrísimas como la del 90 y continuar devolviéndole al Cine nuestro el brillo que alguna vez tuvo y debería volver a tener. Este nuevo gobierno y el INCAA (y sus decenas de casos de corrupción) deberán mantener esta constante para no regresar a los viejos tiempos del “Somos actores queremos actuar”.
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