Hay recuerdos de
la niñez que nunca olvidaré. Entre ellos, algunos relacionados con ciertas
costumbres que -supongo- caracterizan los hábitos de toda familia. Siempre me
pareció curiosa la abrumadora cantidad de papeles y libros de nuestros estantes
que salvo en el baño y la cocina, están adheridos a las paredes de cada
habitación. A la manera del panóptico de Benthmn construido para vigilar mejor
a los presos, nuestra casa fue edificada en función de kilos y kilos de
interminable papel y todo tipo de libros.
Hace más de
quince años murió mi abuela, y su herencia radicó en este lastre que tiene
entretenida a mi madre desde entonces. Con su paciencia de criolla mansa, se ha
dedicado a ‘hacer cajas” como ella llama a su autoimpuesta tarea y a buscar a
quien regalar lo que supone -y hace bien- no nos interesa ni a mi hermana ni a mí.
Tirar, donar o clasificar son maniobras que ya forman parte de su vida. Es que
no quiere dejarnos la misma pesada herencia que ella recibió.
Esto a tal
punto, que se ha prohibido y le ha prohibido a mi padre que es docente comprar
más libros. “¡Arregláte con lo que tenés!’ pontifica de vez en cuando aunque mi
padre no le haga caso.
Hace poco releí
Operación Masacre. Lo leí por primera vez en 5° año y quedé impactado. Si hoy
tuviera que optar por un libro preferido, hasta ahora no dudaría en elegir esta
obra maravillosa de Walsh. Estoy cansado de las aventuras todas iguales, que
cuentan siempre la misma historia del cine de la lejana América, más allá del
río Grande. Haciendo zapping, la semana pasada, encontré ya empezada la
película que dirigió Jorge Cedrón en 1971 y terminó en agosto de 1972.
Quien supuse
había hecho la presentación, hombre de blancos cabellos y barba, como al pasar
comentó al final de la proyección: ‘Disculpen, pero omití recordar la figura de
J’ ulío Troxler, que es quien logró escapar de la masacre y participa en la
película haciendo de él mismo. Luego, como al pasar remató diciendo: ‘un año
después de filmada la película, en 1973, la triple A acabará con él“. No sé por
qué pero esa poca atención sobre su figura me molestó. Alguna especie de
pálpito me hacía asociar ese apellido Troxler con Florida, los papeles de la
abuela y un lejano recuerdo unía todo aquello con un hilo conductor
indefinible.
Florida, juego
de truco, interminables tenidas y ríos de Ginebra Llave me llevaban de la mano
a más recuerdos. Ese apellido lo leí en algún lugar, en casa, en las cajas con
los papeles de la abuela.
El verano
pasado, como siempre, lo pasé en mi casa paterna. De regreso al pago-panoptico,
donde perdia un poco mi libertad de estudiante, aproveche la situación para
preguntarle a mi madre si el apellido Troxler le “sonaba”. A lo que parcamente
contesto sin mirarme siquiera: “Caja Actas Notariales El Chango SRL”. Respire
profundo, no veía intención alguna de parte de ella en ayudarme. Me arme de
paciencia y me dispuse a leer media vida de actividad comercial de mi abuelo
para encontrar, por fin, lo que buscaba. Troxler… Otto Troxler. – “! Mama! ¿Me
podes decir que hacia el abuelo con Otto Troxler?” – “Otto trabajaba para el
abuelo”. – “¿Y que era Julio Troxler de Otto?” – “Eran Hermanos” contesto con
toda naturalidad. –“Se estas dispuesto a escuchar, sentate, pero antes: ¡HACE CAFÉ!”
Pasamos una tarde para el recuerdo.
Contenta porque había
donado 127 libros, todavía le faltan anaqueles completos de colecciones. Los
discos de pasta…Rodeada de cajas y papeles para clasificar, mientras las
liberaba de mis preguntas, la escuche murmurar entre dientes – “¿A quién corno
le enchufo las novelas policiales de Molino?”
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