Sorpresivamente en la recta final hacia las elecciones ejecutivas, donde el Sciokirchnerismo está despegándose cada vez más de Massa y Macri, las finanzas argentinas por primera vez en décadas están gozando de un cierto aire de “estabilidad” en las vísperas de un nuevo gobierno.
Una desocupación baja, una inflación relativamente controlada, un colchón de reservas cercano a los treinta mil millones de dólares y un dólar calmo, provocan que la sociedad actualmente esté dispuesta a continuar post diciembre con el “Frente para la Victoria” en el poder.
Según la consultora Analogías de Analía del Franco, el 65 por ciento de los argentinos tiene para este año expectativas económicas positivas. Esto significa, palabras más palabras menos, que el FPV tiene el camino allanado hacia octubre a no ser que ocurra una debacle económica.
¿Realmente estamos tan bien? Lamentablemente, esta calma financiera no es garantía de tiempos mejores ya que detrás de este sosiego hay una caja de Pandora que deberá ser abierta por el próximo presidente. El problema principalmente radica en que la economía argentina, al igual que a finales de la década del 90, está viviendo una especie de burbuja cambiaria que puede llegar a perjudicar notablemente la industria nacional y el empleo si no se cambia el rumbo en el corto plazo.
Si bien el fin del ciclo menemista en comparación con el kirchnerista tienen en común el debate sobre qué hacer con el tipo de cambio, los niveles de desocupación y pobreza en 1999 estaban por las nubes en comparación con los actuales. Al mismo tiempo no sería descabellado acertar que este dólar a 9 pesos es igual de ficticio que el “1 a 1” de la “Convertibilidad”.
Argentina se ha vuelto un país muy caro, no solo para los propios sino también para los turistas de cualquier parte del mundo. En líneas generales, (con excepción de transporte y vivienda) nuestra nación en el día a día, es más cara (en dólares o euros) que la mayoría de los países de nuestro continente e inclusive los de la Comunidad Europea.
¿Cómo puede ser que en un país productor de alimentos y lácteos como la Argentina, se pague el litro de leche a 13 pesos (un euro blue) cuando en España se puede acceder a lo mismo a mitad de precio? ¿A quién le entra en la cabeza pagar una pinta de cerveza en Recoleta 130 pesos (8 libras esterlinas) cuando por la mitad se puede conseguir lo mismo a metros del Big Ben en Londres?
Tecnología, indumentaria, alimentos, telefonía móvil, automóviles. Todo en Argentina se ha vuelto extremadamente caro. Basta con ver a cientos de argentinos yendo a Chile a comprar LEDS o celulares que cuestan hasta tres veces menos o a la clase media yéndose de tour de compras hasta Europa con todo el gasto que esto conlleva.
El peso argentino está más sobrevalorado que Gago en Boca, y esto se debe a que en los últimos años el dólar oficial no se adecuo al ritmo inflacionario, provocando un estancamiento del tipo de cambio en comparación al alza de precios.
En tiempos donde las potencias económicas como la Unión Europea y el Brasil deciden devaluar para generar mayor competitividad cambiaria, el peso argentino se revalúa cada día más provocando un efecto negativo en dos sectores clave de la economía argentina: el turismo y las exportaciones. A esto, hay que agregarle la abrupta caída de los comodities internacionales como la soja que hoy se encuentra cercano a los 360 dólares la tonelada, muy lejos de los 650 dólares de hace tres años.
Los economistas de la oposición y del sciolismo saben que CFK no realizará cambios antes de diciembre en materia económica, debido al efecto negativo que ésto podría acarrear en su imagen. Dicho contexto de cara al 2016, obliga al próximo primer mandatario a enfrentar problemáticas como el cepo cambiario, el déficit fiscal, los fondos buitres y el tipo de cambio atrasado.
Sin duda, el mayor desafío será generar una economía competitiva, es decir, devaluar. El mayor dilema de los economistas en la actualidad es cómo depreciar el peso sin generar un brote inflacionario si de por sí la inflación actual con un dólar congelado ronda el 30 % anual.
Lo cierto es que quien asuma tendrá que tener una espalda gigante para eliminar los desmedidos subsidios, lo que implicaría que las tarifas de servicios públicos se multipliquen hasta cuatro veces afectando a gran parte de la población. El sistema de distribución de subsidios en la Argentina es tan ridículo como injusto. ¿Sabía usted que en promedio un vecino de Palermo o Las cañitas paga menos electricidad que un habitante del Chaco?
Lo hecho, hecho esta y quien sea que asuma deberá de modo gradual o de un saque poner en forma las finanzas argentinas que de no ser así se vendrán años de auténticas vacas esbeltas.
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