viernes, 31 de julio de 2015

Mal menor


Cinco de la mañana…las luces se empiezan a encender, la gente emprende rumbo y la música comienza lentamente a decaer en su volumen. Mis amigos ya partieron, algunos victoriosos y otros con las manos vacías. Como un optimista de la noche, me resigno a tirar la toalla y abandonar el barco. Busco y busco pero no encuentro, las barras están cerradas y para colmo el sol empieza a sumergirse en el antro.

En la recorrida final que determina la suerte de mi noche, avisto a lo lejos una solitaria muchacha que observa con muchos signos de impaciencia, cómo su despampanante amiga intercambia palabras con un veinteañero de muy buen aspecto.               

A medida que me voy acercando a la barra noto que la señorita inquieta por irse no posee los estándares de belleza promedio ni mucho menos los kilogramos de una modelo de Victoria Secret.

Al acercarme, observo que la chica en cuestión, posa su mirada sostenidamente en mi. Dicha situación me obliga a recluirme por unos momentos en el baño para delimitar la estrategia que cambiará el curso de la noche.

Ya tomé la decisión, le voy a hablar, no me importa si después de que pase algo borro su número o bloqueo sus llamadas, no hay sensación más triste que terminar una noche en los carritos de la costanera norte comiendo una bondiola completa con Pepsi light.

Dejo el baño que por segundos fue mi centro estratégico y encaro al objetivo de la “operación descarte”. A medida que me aproximo a la presa, mi estómago prácticamente en ayunas me demanda inmediatamente una buena dosis de hidratos de carbono. Ya no hay más tiempo, o una cosa u otra. La churrusquita y rendidora “bondiocompleta” o la compañera fugaz nocturna. Esta dicotomía sumada al trajín de la noche y el Fernet de marca alternativa provocan que mi visión se opaque y no pueda mantenerme en equilibrio…siento que la cabeza me está por explotar, intento mantenerme en pie pero en cuestión de segundos me desplomo en el suelo como si hubiese recibido una trompada de Pacquiao…
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Abro los ojos y no veo a nadie, no sé dónde estoy, ya no estoy más en el boliche de Costa Salguero y sólo puedo distinguir a mi alrededor mapas, escarapelas y posters de próceres patrios. ¡Estoy en un cuarto oscuro! No sé ni cómo ni cuando llegué ahí pero el destino quiso que así fuese.

Me recompongo lentamente y me acerco a una mesa donde me encuentro con dos papeletas de distintos colores.

Agarro con mi mano izquierda una boleta de color naranja y con mi otra mano la amarilla.
Las veo, las comparo y las analizo detenidamente… no puedo traicionar a mis principios cívicos con el simple e indiferente voto en blanco. Mucha gente a lo largo de la historia moderna sacrificó sus vidas para que hoy tuviéramos una democracia.

Continúo leyendo las boletas... y veo detenidamente que la naranja que me muestra el final de un ciclo, el patoterismo, la falta de diálogo, la ignorancia, el feudalismo, la falta de obras, la economía desfasada, la soberbia y por sobre todas las cosas la corrupción.

Una vez sacadas mis conclusiones  con la boleta de color bonaerense veo la amarilla, y el panorama no es muy distinto. Este papel de color patito me muestra la vuelta a una época nefasta de nuestra historia, las relaciones carnales, la privatización de todo, los despidos masivos en el sector público, ajuste, pérdida de la identidad nacional, falta de soberanía y endeudamiento.

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Empiezo a ponerme nervioso nuevamente, no voy a despilfarrar mi voto, pero tampoco quiero votar el pasado conservador ni el presente populista, quiero un punto intermedio para mejorar lo malo y afianzar lo bueno.. Pero lamentablemente, en la Argentina nunca hubo espacio para los grises.

Nuevamente comienzo a marearme, estoy por perder el control de mi cuerpo y en el momento de sufragar… me levanto en mi casa de Vicente López, junto a mi mesa de luz veo los restos de una bondiola completa que seguramente he de haber comprado en la costanera y junto a la misma veo un mensaje de texto de la chica de la barra…

Falta poco, y el destino del país se divide entre el peor pasado y el mediocre presente… habrá que pensar bien qué hacer y a quién elegir, mientras tanto a seguir meditando el voto…


"Eran hermanos"

Rodolfo Walsh


Hay recuerdos de la niñez que nunca olvidaré. Entre ellos, algunos relacionados con ciertas costumbres que -supongo- caracterizan los hábitos de toda familia. Siempre me pareció curiosa la abrumadora cantidad de papeles y libros de nuestros estantes que salvo en el baño y la cocina, están adheridos a las paredes de cada habitación. A la manera del panóptico de Benthmn construido para vigilar mejor a los presos, nuestra casa fue edificada en función de kilos y kilos de interminable papel y todo tipo de libros.

Hace más de quince años murió mi abuela, y su herencia radicó en este lastre que tiene entretenida a mi madre desde entonces. Con su paciencia de criolla mansa, se ha dedicado a ‘hacer cajas” como ella llama a su autoimpuesta tarea y a buscar a quien regalar lo que supone -y hace bien- no nos interesa ni a mi hermana ni a mí. Tirar, donar o clasificar son maniobras que ya forman parte de su vida. Es que no quiere dejarnos la misma pesada herencia que ella recibió.

Esto a tal punto, que se ha prohibido y le ha prohibido a mi padre que es docente comprar más libros. “¡Arregláte con lo que tenés!’ pontifica de vez en cuando aunque mi padre no le haga caso.

Hace poco releí Operación Masacre. Lo leí por primera vez en 5° año y quedé impactado. Si hoy tuviera que optar por un libro preferido, hasta ahora no dudaría en elegir esta obra maravillosa de Walsh. Estoy cansado de las aventuras todas iguales, que cuentan siempre la misma historia del cine de la lejana América, más allá del río Grande. Haciendo zapping, la semana pasada, encontré ya empezada la película que dirigió Jorge Cedrón en 1971 y terminó en agosto de 1972.

Quien supuse había hecho la presentación, hombre de blancos cabellos y barba, como al pasar comentó al final de la proyección: ‘Disculpen, pero omití recordar la figura de J’ ulío Troxler, que es quien logró escapar de la masacre y participa en la película haciendo de él mismo. Luego, como al pasar remató diciendo: ‘un año después de filmada la película, en 1973, la triple A acabará con él“. No sé por qué pero esa poca atención sobre su figura me molestó. Alguna especie de pálpito me hacía asociar ese apellido Troxler con Florida, los papeles de la abuela y un lejano recuerdo unía todo aquello con un hilo conductor indefinible.

Florida, juego de truco, interminables tenidas y ríos de Ginebra Llave me llevaban de la mano a más recuerdos. Ese apellido lo leí en algún lugar, en casa, en las cajas con los papeles de la abuela.

El verano pasado, como siempre, lo pasé en mi casa paterna. De regreso al pago-panoptico, donde perdia un poco mi libertad de estudiante, aproveche la situación para preguntarle a mi madre si el apellido Troxler le “sonaba”. A lo que parcamente contesto sin mirarme siquiera: “Caja Actas Notariales El Chango SRL”. Respire profundo, no veía intención alguna de parte de ella en ayudarme. Me arme de paciencia y me dispuse a leer media vida de actividad comercial de mi abuelo para encontrar, por fin, lo que buscaba. Troxler… Otto Troxler. – “! Mama! ¿Me podes decir que hacia el abuelo con Otto Troxler?” – “Otto trabajaba para el abuelo”. – “¿Y que era Julio Troxler de Otto?” – “Eran Hermanos” contesto con toda naturalidad. –“Se estas dispuesto a escuchar, sentate, pero antes: ¡HACE CAFÉ!” Pasamos una tarde para el recuerdo.

Contenta porque había donado 127 libros, todavía le faltan anaqueles completos de colecciones. Los discos de pasta…Rodeada de cajas y papeles para clasificar, mientras las liberaba de mis preguntas, la escuche murmurar entre dientes – “¿A quién corno le enchufo las novelas policiales de Molino?”